EL PAPA PAULO III FIJA QUE LOS NATIVOS AMERICANOS SON SERES HUMANOS (2 JUNIO 1537)

    El descubrimiento de América, además de un inmenso estupor y asombro, una reacción muy lógica naturalmente, provocó en todo el Occidente un enorme desconcierto y confusión, un montón de problemas de los que no fueron menos los teóricos y doctrinales. Entender qué sentido y significación tenía lo que cada día se iba encontrando no fue una tarea fácil sino muy compleja, más aún si a ello añadimos los intereses de muchos de sus protagonistas que, por afán personal o colectivo, deformaban la realidad y lanzaban las más extrañas teorías y explicaciones.

    Muy diversas fueron las impresiones que el hallazgo de los “nuevos territorios” produjo en los europeos recién llegados, así como diversa era la realidad “descubierta”. Naturalmente hubo quien imaginó la presencia del “buen salvaje”, la imagen de un mundo idealizado, en el que los indios aparecen como seres felices, que viven “...en la Edad del oro, desnudos, sin pesos ni medidas, sin el mortal dinero, sin leyes, sin jueces calumniosos, sin libros, contentándose con la naturaleza, viven sin solicitud ninguna acerca del porvenir…”. Pero también hubo quienes sostuvieron por el contrario, que “esta gente destos indios de sí misma es para poco, e por poca cosa se mueren o se ausentan e van al monte; porque su principal intento (...) es comer, e beber, e folgar, e lujuriar, e idolatrar, e ejercer otras muchas suciedades bestiales”.
    Lo que en el fondo se planteaba, por más que a día de hoy puede parecer de lo más extraño, fue cuál era la condición natural de los indios, si se podían considerar humanos a todos los efectos y equivalentes a nosotros o si, por el contrario, carecían de las capacidades necesarias para asumir sus responsabilidades racionales y la facultad de poder gobernarse a sí mismos.
     El tratamiento teórico de toda esta problemática no obstante fue de escasa repercusión y más bien estuvo vinculado a la justificación o no del comportamiento real con los indios, como el recurso a la fuerza para la conquista o la simple explotación, incluidos los malos tratos y demás abusos cuando menos tolerados. Pocas discusiones filosóficas, antropológicas y teológicas, algunas desde luego, se suscitaron sobre estos problemas, sobre si alcanzaban el grado de personas, si tenían alma o si, como los antiguos creían en torno a la mujer, eran humanos de segundo nivel o si también les había afectado a ellos la Redención.

     Los dos momentos seguramente más decisivos para estas discusiones fueron “Las leyes de Burgos” cuyas conclusiones fueron que (1) Los indios son libres; (2) se les podía obligar a trabajar con tal de que el trabajo fuese tolerable y el salario justo; y (3) se justificaba la guerra –guerra justa- si los indios se negaban a ser cristianizados. En el fondo la discusión suscitó dos posiciones doctrinales jurídico-teológicas enfrentadas. Una incidía en la supremacía de lo espiritual hasta invalidar el derecho natural al defender que los paganos podían ser sometidos a la fuerza pues el pecado original hace que el hombre pierda sus derechos. La otra, al contrario, era del criterio de que no se podían quitar al hombre sus atributos naturales pues el pecado no invalidaba sus derechos.

     Pero donde se desarrolló la verdadera discusión fue en la Junta de Valladolid en 1550. Allí con la asistencia de los mejores teólogos españoles (Domingo de Soto, Bartolomé de Carranza, Melchor Cano, discípulos de Francisco de Vitoria que había muerto un poco antes) se suscitó una amplia discusión entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas, que ha pasado a la historia. El primero, que defendía la existencia de grados respecto a la “humanidad”, utilizando diversos argumentos de razón y derecho natural y también teológicos, defendió como legítimo el dominio sobre los indios por su condición de bárbaros y la guerra justa de sometimiento (“digo que los bárbaros, se entiende como los que no viven conforme a la razón natural y tienen costumbres malas públicamente entre ellos aprobadas”. “Si no se puede proveer de otro modo el asunto de la religión es licito a los españoles ocupar sus tierras y provincias, y establecer nuevos señores y destituir a los antiguos). Bartolomé de las Casas por su parte, con argumentaciones igualmente sólidas,  negaba que las bulas de donación papal fuesen un título válido de dominio de las tierras descubiertas y que el emperador tuviese una jurisdicción universal ni derecho a someterlos o convertirlos obligatoriamente. “La evangelización no era una obligación de los españoles, pero sí un derecho de los indígenas”, mientras aceptaba la importación de esclavos negros).

    La discusión vino sobre todo por la vía práctica. Como dice un buen comentarista de este debate, la gran mayoría de los recién llegados españoles iban a hacer negocios para lo que necesitaban gente que trabajara para ellos, y, buscando siempre el mayor rendimiento, es entonces cuando se comienza a discutir la cuestión que ahora nos concierne: ¿podemos considerar a los indígenas personas humanas?, ¿no son más bien una especie de animales de carga?, ¿no pertenecen en todo caso a una raza inferior? Afirmar que los indios “eran bestias o casi bestias” podía justificar su esclavitud. Si los indígenas eran tan personas como los españoles, no se podían utilizar como esclavos pero, si no era así, entonces como mínimo podían ser usados como mano de obra muy barata. En 1510 un teólogo escocés, John Legran, justificó el recurso a la fuerza para realizar la conquista de las poblaciones no cristianas, aludiendo sin ambages a la hipotética carencia de alma de las poblaciones indígenas. Por lo tanto el carácter no delictivo del empleo de la fuerza bruta. O aquella otra aberración de quien se peguntaba si el indio estaba bautizado o no para, según el caso, considerarlo un animal o una persona.

    En cuanto a la opinión pública no es posible conocer qué información y apreciación tenía el español, el europeo medio, sobre qué tipos de seres se habían encontrado allí los descubridores. En una época en la que no había encuestas no es posible conocer, salvo por algunas referencias, qué podían pensar pero no parece muy descabellado que muchos, tal vez la mayoría, (desconociendo los conceptos filosóficos y jurídicos, y dado el bajísimo nivel medio cultural y el nulo bagaje científico de la época, tan inclinada a creer en supersticiones, magia y demás fuerzas irracionales) creyesen que al menos eran algo así como seres humanos inferiores, aunque no tanto animales. En todo caso Bartolomé de la Casas, llamado el defensor de los indios, al explicar las razones que justifican su obra, entre otras razones dice que lo hace para “librar mi nación española del error y engaño gravísimo y perniciosísimo en que vive y siempre hasta hoy ha vivido, estimando destas oceanas gentes faltarles el ser de hombres, haciéndolos brutales bestias incapaces de virtud y doctrina... ”

    Por otra parte y en contraposición a tantas opiniones negativas, las instancias políticas y administrativas de mayor rango no dejaron de hacer pronunciamientos favorables a los indios reconociéndolos como seres humanos pero, eso sí, siempre vinculados a la necesidad de que fuesen instruidos en la doctrina cristiana, fin último, además de su sometimiento.
    Personajes como el papa Alejandro VI (“en las cuales vive una inmensa cantidad de gente que según se afirma van desnudos y no comen carne y que -según pueden opinar vuestros enviados- creen que en los cielos existe un solo Dios creador, y parecen suficientemente aptos para abrazar la fe católica y para ser imbuidos en las buenas costumbres, y se tiene la esperanza de que si se los instruye se introduciría fácilmente en dichas islas y tierras el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo”); la Reina Isabel (“Sea su principal fin… procurar inducir y traer a los pueblos de ellas y los convertir a nuestra Santa Fe Católica ...y no consientan ni den lugar a que los indios vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra firme ganadas y por ganar, reciban agravios algunos en su persona y bienes, mas mando que sean bien y justamente tratados...”); y las Cortes de Burgos de 1512, que sistematizaron las dispersas normas que se habían ido dictando al hilo de cada acontecimiento imprevisto.
    (Curioso resulta fijarse en cómo toda defensa de los indios iba acompañada de licencia y justificación de transporte de negros, precisamente para evitar que los nativos tuvieran que hacer los trabajos más duros)
    Y finalmente el papa Paulo III que publicó el 2 de junio de 1537 una bula con este sentido: “Sublimis Deus”, cuyo texto se incluye al final, en la que prohíbe la esclavización de los indios, fijando de manera definitiva su racionalidad y defendiendo algunos de sus derechos, entre los que incluía “el de abrazar la fe, que debía serles predicada con métodos pacíficos, evitando todo tipo de crueldad”.

     En el fondo alguien resumiría todo este tema diciendo que a fin de cuentas de lo que en la práctica se trataba era de buscar excusas para justificar la máxima explotación posible.
    Como dice fray Lino Gómez Canedo, o. f. m., aparte de los prejuicios y de la finalidad apologética o detractora evidentes patentes en algunos escritores–, se echa en falta también una necesaria fijación del contenido y significación de algunos términos, tales como “incapacidad”, “irracionalidad” y “bestialidad” o animalidad.
    Por lo demás en verdad que hay testimonios de que “hubo muchos religiosos que tuvieron opinión que estos [indios] no eran hombres naturales, ni tenían capacidad para que se les comunicase el Sacramento del Altar, ni ningún bien de nuestra religión” y es muy creíble que en el curso de estas controversias algunos hayan calificado a los indios no sólo de incapaces y bárbaros sino de bestiales o bestias; pero no existe testimonio alguno seguro de que alguien responsable entendiese tales expresiones en su sentido antropológico, es decir, en el de que los indios no eran hombres sino bestias. Bartolomé de las Casas parece oscuro, vago y hasta titubeante en su testimonio. En resumen, sigue diciendo fray Lino Gómez Canedo, “mi opinión actual es que seguramente fue exagerada la incapacidad de los indios, su infantilismo y su barbarie, unas veces con fines de explotación y otras también con los de justificar el paternalismo del sistema misional.

    Al final queda la impresión de que, como otras tantas veces ocurre en la historia, promovido por teóricos más o menos iluministas y escrupulosos de escasa categoría intelectual, se propala un debate y una discusión absurda que acaba beneficiando y de la que se aprovechan los que siempre viven de explotar a los demás.

Para los interesados se incluyen a continuación la opinión de algunos autores que explican lo extendida que estaba la creencia de que, cuando menos, eran como animales por el modo de vida que llevaban y faltarles lo que los europeos consideraban los elementos básicos de la cultura y la educación.

    Fray Agustín Dávila Padilla, dominico. Hubo gente, y no sin letras, que puso duda en si los indios eran verdaderos hombres, de la misma naturaleza que nosotros; y no faltó quién afirmase que no lo eran, sino incapaces de recibir los santos sacramentos de la Iglesia… Daba motivo este dicho a la fiereza de algunos españoles, para que, sin recelo de ser homicidas, les quitasen la vida, mayormente cuando de sus muertes interesaban algo, aunque no fuese mas que carne para sus lebreles.
    El padre Antonio de Remesal. hombres desalmados y perdidos, gente inhumana y cruel, habían movido: si los indios eran hombres racionales... Esta opinión diabólica tuvo principio en la Isla Española… Infamáronlos de bestias, por hallarlos tan mansos y tan humildes, osando decir que eran incapaces de la ley e fe de Jesucristo: la cual es formada heregía y Vuestra Magestad puede mandar quemar a cualquiera que con pertinacia osare afirmarla. Y pluguiera a Dios que los hubieran tratado siquiera como a sus bestias, porque no hubieran con inmensa cantidad muerto tantos. (Seguro que si los hubieran tratado como bestias no habrían muerto tantos)
    Fray Juan de la Cruz y Moya. Consoladísimos se hallaban nuestros religiosos viendo lo bien que iba fructificando el Evangelio en la nación americana. Por bien empleados daban sus trabajos, hambres, cansancios y fatigas... El demonio, rabioso porque le fueran despojando del injusto dominio que tenían en estas gentes, maquinó otra traza, como suya, para cerrarles la puerta a la predicación evangélica y creencia de las verdades católicas. Sugirió a no pocos españoles, y aun a algunas personas tenidas del vulgo por sabias, que los indios americanos no eran verdaderos hombres, con alma racional, sino una tercera especie de animal, entre hombre y mono, criado de Dios para el mejor servicio del hombre. Corroboraban su desatinada opinión con la de algunos que dijeron que los primeros americanos fueron engendrados de la putrefacción de la tierra.
    Fray Juan de Torquemada. A los principios, cuando entraron nuestros españoles en esta Nueva España, como venían hechos al trato de los indios de las Islas, y les había parecido que aquéllos eran más bestias del campo que hombres racionales, quisieron tener en la misma opinión a éstos, no porque los unos ni los otros lo fuesen, sino porque el carecer de lengua para entenderlos les hacía creer que lo eran, y por consiguiente manera indignos de los sacramentos de la Iglesia. Y llegó el caso a tanto estrecho que casi los quisieron reputar por incapaces de la ley de Dios e inhábiles para predicarles el Santo Evangelio. Y porque los ciegos, que más los trataban como a bestias que como a hombres dignos de la enseñanza de la ley de Dios, no pasasen adelante con tan errada opinión, fue consultado el sumo pontífice Paulo tercero del caso, y abominando la calumnia de los falsos contradictores, metió mano a la espada de su santo y justo poder y dio sentencia en contrario, determinando con autoridad apostólica, como cosa de fe, que los indios, como hombres racionales, de la misma naturaleza y especie que todos nosotros, son capaces de los divinos sacramentos de la Iglesia.
     Fray Pablo Beaumont, Los religiosos y prelados enviaron muchos informes al Real Consejo de las Indias, porque no bastaban cuantas diligencias hacían, contradiciendo esta funesta idea que se tenía de los indios, en pláticas, conversaciones, consejos, disputas y sermones; y después de tentar todas las vías posibles, acudieron a mayor abundamiento al sumo pontífice Paulo III, dándole cuenta de lo que pasaba, y movido S. S. de compasión a favor de los indios, expidió su bula el año de 1537, determinando con autoridad apostólica, como cosa de fe, que los indios, como hombres de la misma naturaleza y especie que todos nosotros, son racionales y por consiguiente capaces de recibir la enseñanza evangélica y sus santos sacramentos.
    Fray Pedro de Gante. (Tras relatar detalladamente los grandes frutos obtenidos con los hijos de los caciques y principales) Empero–añade–la gente común estaban como animales sin razón, indomables, que no los podíamos traer al gremio y congregación de la Iglesia, ni a la doctrina, ni a sermón…
    Solórzano Pereira. Algunos indios de los primeros descubiertos parecían tan bárbaros y agrestes que apenas parecían dignos de llamarse hombres, por lo que se creyó lícito el reducirlos a servidumbre –no a esclavitud– a fin de que, “humanizados” un tanto, se hiciesen capaces de la fe y religión... muchos religiosos en La Española opinaron que aquellos indios no eran hombres verdaderos.
    Francisco de Vitoria desde la cátedra de Salamanca. Concluye que los indios “en realidad no son amentes, sino que a su modo tienen el uso y la razón”,y hasta cierta clase de sociedad, política y religión. “Por lo que creo –termina– que el que no parezcan tan idiotas y romos proviene en su mayor parte de la mala y bárbara educación, pues tampoco entre nosotros escasean rústicos poco semejantes de los animales.”

Texto de la bula papal
    A todos los fieles cristianos que lean estas letras, salud y bendición apostólica. [El Dios sublime amó tanto la raza humana, que creó al hombre de tal manera que pudiera participar, no solamente del bien de que gozan otras criaturas, sino que lo dotó de la capacidad de alcanzar al Dios Supremo, invisible e inaccesible, y mirarlo cara a cara; y por cuanto el hombre, de acuerdo con el testimonio de las Sagradas Escrituras, fue creado para gozar de la felicidad de la vida eterna, que nadie puede conseguir sino por medio de la fe en Nuestro Señor Jesucristo, es necesario que posea la naturaleza y las capacidades para recibir esa fe; por lo cual, quienquiera que esté así dotado, debe ser capaz de recibir la misma fe: No es creíble que exista alguien que poseyendo el suficiente entendimiento para desear la fe, esté despojado de la más necesaria facultad de obtenerla de aquí que Jesucristo] que es la Verdad misma, que no puede engañarse ni engañar, cuando envió a los predicadores de la fe a [cumplir] con el oficio de la predicación dijo: "Id y enseñad a todas las gentes", a todas dijo, sin excepción, puesto que todas son capaces de ser instruidas en la fe; lo cual viéndolo y envidiándolo el enemigo del género humano que siempre se opone a las buenas obras para que perezcan, inventó un método hasta ahora inaudito para impedir que la Palabra de Dios fuera predicada a las gentes a fin de que se salven y excitó a algunos de sus satélites, que deseando saciar su codicia, se atreven a afirmar que los Indios occidentales y meridionales y otras gentes que en estos tiempos han llegado a nuestro conocimientos -con el pretexto de que ignoran la fe católica- deben ser dirigidos a nuestra obediencia como si fueran animales y los reducen a servidumbre urgiéndolos con tantas aflicciones como las que usan con las bestias.
    Nos pues, que aunque indignos hacemos en la tierra las veces de Nuestro Señor, y que con todo el esfuerzo procuramos llevar a su redil las ovejas de su grey que nos han sido encomendadas y que están fuera de su rebaño, prestando atención a los mismos indios que como verdaderos hombres que son, no sólo son capaces de recibir la fe cristiana, sino que según se nos ha informado corren con prontitud hacia la misma; y queriendo proveer sobre esto con remedios oportunos, haciendo uso de la Autoridad apostólica, determinamos y declaramos por las presentes letras que dichos Indios, y todas las gentes que en el futuro llegasen al conocimiento de los cristianos, aunque vivan fuera de la fe cristiana, pueden usar, poseer y gozar libre y lícitamente de su libertad y del dominio de sus propiedades, que no deben ser reducidos a servidumbre y que todo lo que se hubiese hecho de otro modo es nulo y sin valor, [asimismo declaramos] que dichos indios y demás gentes deben ser invitados a abrazar la fe de Cristo a través de la predicación de la Palabra de Dios y con el ejemplo de una vida buena, no obstando nada en contrario.
    Dado en Roma en el año 1537, el cuarto día de las nonas de junio [2 de junio], en el tercer año de nuestro pontificado.

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